miércoles, 23 de enero de 2013

Les Misérables

Durante el próximo mes intentaremos analizar todas las candidatas a los próximos premios Óscar de la Academia así como los pros y los contras tanto en su vertiente artística como en su favoritismo en la carrera hacia estos premios. Nuestra serie comienza con una de las candidatas a mejor película que más reforzada salió de la última entrega de los Globos de Oro: Les Misérables.
 
Tras el anuncio de las candidaturas a los Óscar, la película de Tom Hooper se vio relegada a un segundo plano al no haber sido incluido su director entre los finalistas al premio en su categoría. La tradición dice que la película que opta a mejor film del año también deberá hacerlo a mejor director ya que normalmente estos premios suelen ir unidos. Esta circunstancia dejaría a Les Misérables en una posición muy rezagada en las apuestas a ser la vencedora en la noche de los Oscar. Sin embargo, tras los Globos de Oro que entrega la Asociación de prensa extranjera en Hollywood puede que las tornas hayan cambiado y los productores ya estén soñando con un nuevo caso Paseando a Miss Daisy, última película ganadora del Óscar a la mejor del año sin que ni siquiera su director, Bruce Beresford, estuviera nominado.
 
Así, en su haber, como hemos anticipado, cuenta con la refrenda de los Globos de Oro como mejor película de comedia o musical, Hugh Jackman hizo lo propio y venció como mejor actor en película de comedia o musical y Anne Hathaway consiguió un más que esperado Globo de Oro como mejor actriz de reparto. Tres premios que la sitúan en una buena posición en la terna de candidatas ya que no podemos obviar que además cuenta con 8 candidaturas.
 
También hemos de recordar que Les Misérables es un musical, un género que, aunque a más de uno se le atragante y más éste que es cantado de principio a fin, la Academia ha adorado desde los tiempos de Cantando bajo la lluvia, pasando por Sonrisas y lágrimas, Oliver hasta Chicago. Además, estamos hablando del musical posiblemente más representado alrededor del Mundo con presencia fija desde hace años en los teatros londinenses y, si eso fuera poco, basado en la obra de Victor Hugo del mismo título, una de las novelas fundamentales del siglo XIX.
 
 
 
 
Pero ¿Qué nos aporta Les Misérables para ser considerada como una gran película entre las candidatas a los Óscar de este año? En primer lugar, nos sentamos en la butaca para admirar un espectáculo grandilocuente servido con una guarnición para apasionar al gran público: amor, comedia, historia, solidaridad, lucha social, tragedia, acción,...todo ello aderezado de los magníficos temas musicales de Claude-Michel Shönberg, Alain Boublil y Herbert Kretzmel de la obra original para el teatro, más la discutible inclusión de una canción para intentar llevarse un premio en balde (todo el mundo sabe que lo ganará Adele). De esta manera, Les Misérables posee todos los elementos que hacen grande la obra de Victor Hugo además del acompañamiento de una música emocionante. Es decir, emoción y entretenimiento al cuadrado.
 
Por otro lado, Les Misérables aporta otra manera de acercarse al género musical. Sin grandes alardes en cuanto a coreografías, en realidad apenas existen, con la cámara en la mayoría de las ocasiones en primeros y medios planos, con continuos angulares y trávellings frontales o con grúas para dar un mayor énfasis a las escenas, el director de El discurso del Rey pretende que Les Misérables sea una obra alejada del musical al estilo Kelly, Donnen o Astaire, y todavía más de los más íntimos y obscuros de Bob Fosse, y la convierte en cambio en un trabajo más cercano a una ópera filmada, los diálogos cantados durante todo el metraje, la puesta en escena y la espectacularidad de los decorados también ayudan a ese propósito.
 
Tampoco podemos obviar en los haberes artísticos una referencia al reparto. Aunque con algunos matices en cuanto al plano interpretativo, la espectacularidad de lo musical hace que perdonemos los posibles peros interpretativos y obtengamos un conjunto equilibrado en todos los personajes, imprescindible en una obra como la de Hugo en la que todos los personajes tienen una importancia vital para el desarrollo de la trama.


 
En cuanto al debe de la película de Tom Hooper, tanto para los premios como para la opinión de esta crítica, es precisamente que es de Tom Hooper. Tanto los académicos sorprendidos y rencorosos, como gran parte de la crítica así como el público más radical, entre los que me encuentro, no le perdonan al Sr. Hooper que hace un par de años le robara de manera inmerecida el Óscar a mejor director a David Fincher por La red social. Si por algo destacaba ésta sobre El discurso del Rey era por el extraordinario ejercicio de dirección realizado por el director de Seven.
 
Además, respecto al trabajo de Tom Hooper en Les Misérables debemos dar la razón a gran parte de la crítica. El uso de los angulares y los trávellings, frontales o con grúa, que ya vimos en algunos de sus anteriores trabajos como el mencionado El discurso del ReyThe Damned United, y que antes destacábamos como característica que da lugar a su calificación de ópera filmada, lo cual es cierto, se convierte de manera negativa en abuso en muchos momentos, transformando un pretendido ejercicio de estilo en un trabajo amanerado hasta la extenuación.
 
Es posible que la mezcla de la inquina ganada a pulso y la crítica mencionada a su dirección se lo haya llevado por delante en las nominaciones a los Óscar de este año y probablemente dilapide las opciones de la película a llevarse el gran premio. En cualquier caso, Les Misérables ya sea por la historia de historias eternas y universales que narró en su día Victor Hugo ya sea por la impresionante música magnificamente interpretada, hacen de esta obra una digna adaptación cinematográfica llena de emoción y entretenimiento que puede satisfacer a cualquier amante del musical y de la obra que adapta.
 

miércoles, 9 de enero de 2013

¿El viaje a ninguna parte?

Un hombre sin rumbo y dominado por su naturaleza cuasi animal se topa con un tipo encantador que pretende convertirle en el paradigma de la bondad de su Dogma. El trastornado alcohólico acepta el reto y se adentra en el Universo creado por su autonombrado Maestro.
 
 
Este es el punto de partida de una película que va más allá de la engañosa publicidad. A pesar de lo que digan por ahí, The Master, última obra de Paul Thomas Anderson, no es la película sobre el nacimiento de la Cienciología. En cualquier caso, sería una película que nos acerca al nacimiento de cualquier religión, pero tampoco.

The Master es el viaje de un hombre torturado por las circunstancias y por su propia naturaleza que busca la redención. En el lado opuesto su Maestro, que pretende redimirle a él, y a todos sus seguidores, y encontrar una Causa a toda existencia. Tras una travesía juntos, ambos hallan su lugar en el mundo en la reveladora y lírica escena de la motocicleta.
 
Cuando llegué a este punto de la crónica dudé ¿Me había entusiasmado realmente la película? La respuesta no puede ser más que afirmativa. La película es grande por muchas razones. La primera de ellas porque el poderoso Universo que crea Anderson nos permite reflexionar sobre lo visionado, tan impresionante como hipnótico. De dicha visión extasiada podemos extraer varias lecturas, como la de un servidor, que entiende que todo gira entorno a la condición del Ser Humano y la permanente búsqueda de su naturaleza, pero también podemos hablar de los monstruos de la Guerra, del Eterno conflicto paternofilial, de la mencionada crítica a la Cienciología en concreto y a la Religión en general, refugio de los miedos del hombre. Yo me he quedado con una y cada espectador podrá descubrir y reflexionar la suya.

En este punto, me vuelve a asaltar la duda anterior y entonces hallo una nueva razón: El cine se disfruta, se siente, y a veces también se reflexiona. Hay grandes obras de todo ello y The Master podría sería un ejemplo. Y sin embargo ¿Es posible que la fascinante dirección de Anderson haya conseguido hipnotizarme durante la proyección pero al llegar al final me perdiera en el viaje sin que hallara una correcta interpretación de lo contado?

Es posible que sea así y sin embargo mientras ocurría eso, he podido disfrutar de las tremendas interpretaciones de Joaquín Phoenix y Philip Seymour Hoffman, del lenguaje corporal y gestual de uno y de la voz del otro (imprescindible, ruego, suplico, VO), y viceversa. He podido sentir rechazo a la regia madre de la Causa, espléndida Amy Adams. He podido disfrutar de la inmensa y  preciosista, pero también cruda fotografía de Mihai Malaimare, Jr., y por supuesto, del guion y de la realización de un director con mayúsculas, Paul Thomas Anderson.

Quizás era el viaje, y no las conclusiones, lo importante en esta historia. Si es así, yo lo disfruté como un enano. Si no, también.

jueves, 3 de enero de 2013

El magnífico del western

Hoy todos los focos de las efemérides cinéfilas iluminan a Sergio Leone, creador del Espaguetti western, que de seguir con nosotros hubiera cumplido 84 años. Sin embargo, los más nostálgicos nos resistimos a olvidar a otro gran director que destacó igualmente en el género genuinamente americano, pero también en el cine de acción y bélico: John Sturges. 
 
Ejemplo de oficio de dirección, John Sturges nació tal día como hoy en 1910 e inició su carrera a través del documental en la II Guerra Mundial pero desde el inicio tuvo claro que la ficción de acción, y en especial el western, sería su género más recurrente y por supuesto en el que nos regaló sus mejores trabajos.
 
Así, al margen de sus incursiones en otros géneros como 2 de sus obras maestras, Conspiración de Silencio (Bad Day at Black rock - 1955) La gran Evasión (The Great Escape - 1963), queremos rendir un homenaje a su gran carrera con 5 grandes momentos de su obra en el género americano por excelencia.
 
Fort Bravo (Escape from Fort Bravo - 1953) William Holden, Eleanor Parker y John Forsythe protagonizan esta historia  durante la guerra civil americana en la que soldados unionistas y confederados se ven atrapados en un fuerte convertido en cárcel tanto para carceleros como para prisioneros y donde la presencia y actuación de una suerte de mujer fatal, la mencionada Eleanor Parker, y el Séptimo de caballería tendrán mucho que decir.
 
 
 
Duelo de titanes (Gunfight at the Ok Corral - 1957) Tras la magnifica Pasión de los fuertes de John Ford, Sturges nos transporta de nuevo a la leyenda de Tombstone y al tiroteo que protagonizaron a Wyatt Earp, sus hermanos y Doc Holliday y la banda de los Clanton. En esta ocasión es Burt Lancaster quien interpreta a Earp y Kirk Douglas al tísico Holliday. Obra encumbrada a la categoría de mito por un servidor, por sus interpretaciones, por la realización del Sr. Sturges, por ese duelo final, curiosidad, la de ver a un joven Dennis Hopper con un papel clave en la trama y por supuesto en las escenas finales...y hasta ahí puedo leer y a un Lee Van Cleef pre-espaguetti, eso sí, con la misma cara de piedra, y porqué no decirlo por esa canción que a todos se nos mete en la cabeza...OK CORRAL...
 
 
 
El último tren de Gun Hill (Last train from Gun Hill - 1957) John Sturgess cerró su idilio con el western en los años 50 con esta historia de amistad que enfrenta el deber de impartir justicia de un sheriff, un Kirk Douglas en estado de gracia, a un padre que hará todo lo posible por salvar a su hijo, en este caso un Anthony Quinn a la altura de la gran estrella. Ambos saben cuál será su destino que, como casi siempre en los westerns de Sturges, en la estación de tren, nos deja un poderoso clímax final a la altura de los anteriores films del director.
 
 
 
Los siete magníficos (The Magnificent Seven -1960) Adaptación libre al western de la obra maestra de Akira Kurosawa nos ofrece una historia más sencilla y menos psicológica que sus anteriores trabajos pero igual de emocionante y entretenida. La acción de principio a fin, desde el prólogo camino del cementerio, la búsqueda de los magníficos, el espectacular reparto, las historia del rodaje, como las triquiñuelas de Mcqueen para robar planos a la estrella protagonista Yul Brinner, así como la música de Elmer Bernstein, han convertido a esta película en leyenda del western y una de las referencias del género en la década de los 60. Entre otros, al margen de los magníficos, podemos reconocer a Eli Wallach, también pre-espaguetti, como la némesis de los protagonistas.
 
 
 
La batalla de las colinas del whisky (The Hallelujah Trail - 1965) Permítanme esta licencia a un servidor como se la permitieron al señor Sturges que abandonó en esta ocasión el western convencional y nos sorprendió con esta comedia más cercana al tono jovial utilizado en la Leyenda de la ciudad sin nombre que a sus anteriores trabajos sobre el western. Muy divertida nos devuelve, en otro escenario, al Burt Lancaster en su versión más comediante de El temible burlón.
 
 
 

domingo, 21 de octubre de 2012

El próximo año a la misma hora, Sr. Allen


Como cada año por estas fechas y normalmente coincidiendo con su presentación en el festival de cine de Venecia, Woody Allen nos presenta su último trabajo. La cita anual del genio de Brooklyn nos recuerda que sigue vivo aunque no alcance ya los momentos álgidos de otros tiempos.
 
En esta ocasión, el Sr. Allen nos presenta una nueva parada en su viaje europeo. Esta vez, su homenaje es a la ciudad de Roma y a todos aquellos tópicos que representan la vida romana tantas veces retratadas en el cine. A Roma con amor es, como bien afirma el propio director, una mirada a la Ciudad Eterna desde el punto de vista del turista, de la misma forma que lo eran sus cintas de Barcelona y París, y que lo serán las próximas, si hay ocasión y mecenas locales que lo patrocinen.
 
Cuatro historias entrecruzadas muestran un Allen siempre ocurrente y no falto de ingenio que alterna momentos de brillantez y otros en cambio un poco más bajos e irregulares. Así se nos muestran también sus historias, algunas con puntos de partida excelentes y momentos hilarantes, recomendable la historia del tenor en la ducha, y otras en cambio que reflejan poco entusiasmo por parte del autor o al menos un enfoque más anodino, como la historia del matrimonio italiano que llega a Roma. 
 
Es quizás en esos momentos o miradas al más tópico italiano donde se pierde el punto de originalidad y de frescura de la película, no por la mirada a la ciudad y el preciosismo al retratarla sino en las historias y en el dibujo de personajes más anclados en la imagen que se tiene de la idiosincrasia italiana tantas veces descrita, que en la propia historia, que bien pudiera ser la base de una magnífica comedia o de un divertido vodevil.
 
Tras los dos párrafos anteriores, parecería que me estoy dedicando a destripar la última película de Woody Allen y sin embargo salí del cine encantado, con una sonrisa en la boca y con momentos de carcajada en mi haber que envidiaría cualquier director que quisiera firmar una más que digna comedia. Puedo decir que incluso en esas historias que he calificado de anodinas no pasé un rato desagradable. Entonces ¿por qué tanto análisis destructivo? ¿Por qué no disfrutar más de lo que nos da A Roma con amor? La respuesta es fácil: Es posible que se espere de Woody Allen lo que ya nos ha dado y no sepamos disfrutar de los buenos momentos que nos puede dar, aunque sea a cuenta gotas, en éstas, las últimas entregas de su filmografía.
 
Es evidente que Woody Allen ha optado por esta fórmula del estreno anual y rodar donde le quieren a esperar a que se le aparezca la diva definitiva, porque prefiere llevar  a cabo el método "trial and error" y probar cada año con una nueva historia a leer el manual de instrucciones de la perfecta comedia y hacernos esperar cinco años a presentar su obra definitiva. Entiendo perfectamente que el Sr. Allen, teniendo la edad que tiene, prefiera quemar todos los cartuchos que pueda disponer en su cinturón antes de que se lo lleve un soplo de aire fresco al otro barrio.
 
De momento sigue su método como un estoico obrero del cine porque, y como diría alguien muy cercano..., siempre es un placer ver una película de Woody Allen.
 
¿Qué fue de Baby Jane? Judy Davis, antigua colaboradora de Woody Allen en numerosas películas, vuelve por sus fueros tras más de una década de ausencia.
 
Ha nacido una estrella Allison Pill, con 2 películas de Woody Allen en su haber, aunque con papeles pequeños, y su intervención en las series de TV The Newsroom de Aaron Sorkin o en la aclamada In Treatment, esta canadiense ha comenzado de manera prometedora su carrera.
 
Lost in translation Penélope Cruz. Todavía estoy intentando descubrir de qué zona de Italia es el acento de la madrileña.
 
No sos vos sos yo Jesse Eisenberg. O como convertir con una interpretación lineal e insípida al personaje desubicado romántico al que siempre le irán medianamente mal las cosas y que será carne de psicoanálisis en el del creador de Facebook.
 

lunes, 15 de octubre de 2012

Jo qué…coñazo!


No se me caen los anillos si he de reconocer que en el transcurrir de los años he valorado de manera más notable la obra y trayectoria de David Cronenberg. Es innegable que durante toda su carrera, este director canadiense ha sabido dotar a sus películas de un halo trasgresor y de un universo al cual no muchos están dispuestos a acceder pero que a un servidor ha atrapado en más de una ocasión como en La zona muerta, Crash o La mosca, entre otras.


Del mismo modo, es evidente que en sus últimas incursiones en la cartelera hemos visto un Cronenberg más cercano a la historia y más alejado de las antaño sobrevaloradas posturas vanguardistas. Fruto de este cambio de rumbo y de, oh casualidades de la vida, su colaboración con el cada vez más maduro Viggo Mortensen, surgieron una serie de brotes verdes tan raros en la obra de Cronenberg como cercanos al público más clásico entre el que me encuentro. Una historia de violencia, Promesas del Este y Un método peligroso, se nos aparecen ahora como tres oasis en el desierto de lo terrenal tras el visionado de su última película: Cosmópolis.


La historia bien conocida entre las vanguardias artísticas por ser la adaptación de una novela del afamado Don Delillo, narra las peripecias de un joven magnate de las finanzas que se pasea con su limusina por las calles de Nueva York con el único objeto de dirigirse a su peluquería de siempre para un corte de pelo. Durante el trayecto irán sucediéndose episodios que supondrán un trascendental viaje iniciático para el personaje principal.


Puedo decir sin temor a equivocarme que Cosmópolis es una de las mayores imposturas ante las que me he atrevido a enfrentarme. Tras este punto de partida todo lo que pudiera decir debería siempre mejorar la primera impresión de mi crítica pero no va a ser así. Durante casi una hora de metraje trato de comprender a un personaje repugnante, aislado del mundanal ruido en su burbuja de éxito, ante el que se van presentando colaboradores, amantes, esposas y demás acólitos, en una suerte de conversaciones tan trascendentes que me saturan por repetitivas y vacuas en su significado. Alguno podrá criticarme por mi falta de capacidad analítica sobre las mismas. No se lo reprocho. Es posible que sea un lerdo incapaz de asumir tanto discurso demoledor y tanta frase para la posteridad tan vacía de contenido. En cambio, otros pensarán que bastante ha aguantado mi concentración con una hora de insoportable esnobismo.


Cuando finaliza la citada hora miro el reloj y sufro un ataque de pánico al darme cuenta que el concepto del tiempo es efectivamente relativo y que la hora que ha transcurrido en tiempo real ha supuesto para mí un viaje de aquellos que imaginaba HG Wells de casi tres. En cristiano, el tostón, la saturación, ha sido tal que parecía que hubiera visto la trilogía entera del Señor de los anillos, versión extendida. A partir de ese momento, ya no me interesa lo más mínimo lo que le suceda al personaje protagonista – la verdad es que antes tampoco mucho – y sólo quiero que se acabe cuánto antes tamaña estupidez. En ese momento creo que me pierdo lo mejor de la película, su final, la conversación que sostiene el protagonista con el incombustible Paul Giamatti que parece darle cierto sentido a todo lo acontecido, pero por aquel entonces a mí ya me perdieron hace tiempo.


Algunos han criticado a Cronenberg porque ha abandonado la estética para centrarse definitivamente en la ética, se le ha echado en cara que el fondo ha desplazado definitivamente a la forma, convertida en elementos vivos de las propias historias, elemento esencial en la obra del autor de Inseparables. En realidad, el problema no es que abandone la estética, el problema es que esta Cosmópolis no convence ni por la forma por apática, ni por el fondo por insustancial.


* Recuerda a películas del estilo Jo qué noche con ínfulas filosóficas.

* Misión Imposible Lo peor de la película no son los actores entre los que incluyo a Robert Pattinson. Eso sí, tampoco logran salvarla.

* La grand Bouffe ¿Quién se ha comido a Samantha Morton?

* Toma el dinero y corre Juliette Binoche o cómo ser una diva del cine independiente bien pagada al otro lado del charco por minuto de metraje.

jueves, 26 de julio de 2012

Batman begins again

El pasado viernes se estrenó la última entrega de la saga de El Caballero Oscuro que se inició con la tibia Batman Begins y que continuó con la prodigiosa The Dark Knight por obra y gracia del Sr. Christopher Nolan.

The Dark Knight Rises, que es como así se titula esta última entrega, sigue las pautas marcadas por sus antecesoras manteniendo lugares comunes entre todas ellas: un héroe que no quiere serlo, pero que no puede huir de su destino, un enemigo temible que busca la destrucción de una sociedad corrupta, una policía desorientada, ¿una chica en apuros? y unos secundarios de lujo. Todo ello, adornado por la estética y la ética de un realizador con un estilo muy marcado y ciertas ínfulas de autor.

Tras estos mimbres cuyos resultados mejores o peores vimos en el pasado, la pregunta al salir del cine era: "Pero ¿a cuál de sus antecesoras se acerca más?" La respuesta fue obvia. Evidentemente a la primera de ellas con la que comparte no sólo alguno de sus personajes y de sus giros argumentales sino también ese punto de cocción que le faltaba a la primera. Porque a The Dark Knight Rises le falta la rotundidad de la que gozó la película protagonizada por el malogrado Heath Ledger - porque sí, señores, él era el protagonista/antagonista de aquella segunda parte.
Reconozco que las comparaciones son odiosas y por tanto no puedo dejar de decir que la película de Nolan es un interesante ejercicio de dirección con momentos de gran acción y con una factura y realización impecables, asimismo, todo su plantel lleva a cabo un trabajo digno, en algunos casos menos digno - no seré yo quien cargue contra la encantadora Marion Cotillard - y en otros directamente comprado a precio de oro por segundo.
Sin embargo, y he aquí mi nota discordante, no puedo dejar de subrayar la falta de pegada en su metraje, versión extendida por cierto. Pretenden los Nolan - Jonathan y Christopher - dar un empaque, una épica al personaje y a la historia más allá de lo convencional en las películas otrora maltratadas de acción, algo que consiguió con The Dark Knight o con la denostada por muchos Inception. No obstante, en The Dark Knight Rises esta solemnidad se convierte por momentos en soberbia vacía y arquetípica y en ningún caso llega a este servidor. Es ese exceso de lo anterior en el guion lo que convierte ciertas escenas en burdas, reiterativas y carentes de ritmo, mención especial merece la secuencia del hoyo. Por el contrario, peca en otras de falta de profundidad y, me permito la repelencia, de ingenio.
Con The Dark Knight Rises muere una saga. Por supuesto, no quiero ser yo quien mate la rabia una vez muerto el murciélago ya que, por miedo a represalias de fanáticos pero sobre todo por ser sinceros, la saga que ahora finaliza deja atrás a las dos entregas de Tim Burton. Las de Joel Shumacher mejor obviarlas y olvidarlas del mismo modo que a los protagonistas de sus engendros.


Unas apuntes finales

¿Qué fue de Baby Jane?  Quién ha visto y quién ve al que una vez fue el recluta bufón Matthew Modine.

Coge el dinero y corre Michael Caine está retirado y ha vuelto porque Nolan se lo pidió. Pues podía haberse ahorrado el viaje y coger un par de imágenes suyas digitalizadas. La jubilación nunca fue más onerosa.

El hombre elefante Tom Hardy está muy digno en su papel de Bane a pesar de las limitaciones expresivas que le provoca la máscara que le cubre parte de su cara. Lástima que su personaje pierda fuelle en la parte final y se diluya como el azucarillo que fue El Espantapájaros.

Ha nacido una estrella Hace tiempo que Joseph Gordon-Lewitt ha llamado a las puertas del cielo hollywoodiense. Esperemos que siga en esa línea y no se deje embaucar por ofertas tan tentadoras en lo económico como desastrosas en lo artístico.

jueves, 1 de marzo de 2012

Ayer, hoy y siempre

Medianoche en París. El tatuaje de un dragón se asoma en la nuca de Hugo. Se dispone a entrar en la sesión golfa de un vestusto cine de aquéllos que se construyeron en los felices años 20, que nacieron de la ilusión pérdida tras la Gran Guerra, aquéllos cuyas proyecciones eran capaces, sin pronunciar una sola palabra, de reunir al vulgo y a los artistas más bohemios de la época. 

Hugo sueña con esos tiempos. Sueña con esos artistas surrealistas que deambulaban y bebían hasta el amanecer, que creaban arte de la industria, que mezclaban en su imaginacion elefantes y relojes, cubos con caballos de guerra. Sonríe y vuelve la mirada hacia su padre.

El chico agradece el sacrificio. Por acompañarle, ha abandonado en la habitación del hotel su ordenador lleno de estadísticas de jugadores y ese móvil que siempre suena a una nueva oferta. Su relación nunca fue ejemplar. Sin embargo, tras la muerte de su madre, su padre tiene el afán de estrechar sus lazos, queriendo alcanzar esa unión tan fuerte, tan cercana, que cree le unia a su madre. Sonríe de nuevo porque sabe que su verdadera madre, la que realmente le dio el cariño que necesitaba en los momentos más amargos de su infancia, no fue ella, sino su antigua niñera, aquélla a la que despidieron sin motivo aparente. Todavía se cuestiona el motivo que nunca se atrevió a preguntar. Sonríe amargamente al recordarla.

Entonces, su vista se alza hacia la fachada del palacio de proyecciones. Allí resplandece una figura. Es uno de esos carteles donde brilla con luz propia una de esas estrellas arrogantes del Hollywood dorado que como toda divinidad del celuloide parece ajena a una decadencia, la suya, que andaba cerca. Tempus fugit decían los clásicos. Antes y ahora. Su época se desvaneció. La de Hugo también lo hace. Sonríe otra vez. Esta vez, una lágrima se une. Nostalgia de una época pasada. Nostalgia de una época presente.


*Este relato se basa libremente en los títulos y los argumentos de algunas de las películas nominadas a los premios Óscar de la Academia del año 2011.